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domingo, 13 de enero de 2019


El Misterio de la Plaza de San Francisco de Quito

¿Qué sería de Quito sin sus palomas en la Plaza de San Francisco?, ¿Qué sería de ellas si no están los ancianos que las alimentan?, ¿Qué sería de esta Plaza sin sus turistas que llenan los graderíos y toman un sinnúmero de fotografías? ¿Qué sucedería sin el padre que da la misa y los fieles que acuden a ella?. Sin duda, no existiría una historia para contar.

San Francisco de Quito es una iglesia llena de leyendas, tradiciones y una cultura establecida. Su iglesia refleja las historias que guarda el Centro Histórico de Quito o como muchos la llaman “carita de Dios”. Los relatos que se escuchan, llaman la atención y hacen que las iglesias y lugares del sector sean más interesantes, existiendo así un misterio por descubrir.



Cuenta la leyenda que Francisco Cantuña fue designado para acabar el atrio; es decir, la fachada de lo que actualmente es la Iglesia de San Francisco de Quito. El indígena, Cantuña, tuvo un tiempo límite para terminarla; sin embargo, un día antes de que se terminara su tiempo, empezó a sentirse completamente desesperado porque todavía le faltaban muchos ladrillos que colocar y detalles por completar.

En su gran momento de temor, frente a la iglesia, Cantuña decidió convocar al diablo y hacer un pacto con él, el cual consistía en algo muy sencillo, el diablo tenía que acabar de acomodar todos los ladrillos restantes y, cambio, él tenía que entregarle su alma; pero, como en todo acuerdo siempre hay una condición, en este caso consistió en que si el diablo no terminaba el atrio completo, así faltara solamente un ladrillo o una sola piedra, él no podría reclamar su alma. Después, de hacer el acuerdo, el diablo de inmediato decidió llamar a todos sus ayudantes para que lo ayuden a distribuir los ladrillos por todos lados. Cuando Cantuña se dio cuenta de que estaban a punto de terminar el atrio se le ocurrió el plan de desaparecer un bloque y esconderlo muy lejos para que no se dieran cuenta.

Cuando el diablo y sus diablillos estaban convencidos de que habían terminado, Cantuña empezó a inspeccionar todo el atrio y le hizo ver al diablo que faltaba una piedra. El diablo atónito, se dio cuenta de que era verdad, que ese bloque estaba ausente. Desconcertado y furioso se fue de repente con sus trabajadores, insultándolos en el camino de regreso al infierno. Así fue como Francisco Cantuña salvó su vida.

“La viveza criolla” mencionó el actual guía del museo de la iglesia, Daniel Urrestra, después de contar la historia de Francisco Cantuña a los extranjeros quienes quedaron asombrados y emocionados durante su visita al museo.

Cuando el guía mencionó que podían observar la piedra faltante en forma de cuneta a la entrada de la iglesia, todos salieron al instante a contemplarla y, efectivamente, de los siete bloques de piedra que están al lado izquierdo, en el lado derecho solamente hay seis. El espacio vacío se encuentra cubierto por cables negros para disimular su ausencia.


¿Realidad o coincidencia? Como dice Doña Clara, vendedora de objetos y piezas representativas de la iglesia, que se encontraba en su local ubicado en las afueras del atrio. Doña Clara vende objetos como: figuras de diablillos, casas antiguas, figuras de la Virgen María, ángeles y estampillas con el rostro de Jesús. Frente al relato, doña Clara manifestó que solamente es una gran coincidencia, pero definitivamente ese cuento de Cantuña y el diablo atrae a muchos turistas. 

Mientras uno camina por las calles del Centro Histórico de Quito, se siente la presencia alborotada de las palomas por la Plaza. Un hermoso recorrido nos conduce hacia la Plaza de San Francisco caminando por la calle Cuenca, pasando la plaza de la Merced, si un transita en sentido Norte- Sur y llegando a la calle José de Sucre donde se encuentra la majestuosa Plaza, inigualable por su arquitectura y su tamaño.

Las construcciones actuales del metro de Quito dificultan un poco el acceso y la visibilidad, si uno circula por la calle Benalcázar y Bolívar, donde se encuentra la famosa Casa Gangotena, catalogada como   el mejor hotel del Ecuador en el año 2015.

La Plaza de San Francisco se encuentra bordeada actualmente por un cerramiento donde los visitantes pueden hallar cualquier tipo de información, una de ellas es la leyenda de Cantuña en español e inglés, la misma que da más apertura para que las personas conozcan la historia.

Lo primero que se puede apreciar en la Plaza de San Francisco es la gran cantidad de palomas que se encuentran posadas en el suelo de la entrada de la iglesia, que al momento que alguien pasa en medio de ellas salen volando todas juntas y forman un verdadero paisaje, pero todo es cuestión de percepción.


Un señor que tomaba fotos en la Plaza dijo: “Estas palomas son las ratas del cielo, porque se comen toda la basura”. Por otro lado, una señora sentada justo en la gran puerta de madera, a la entrada de la iglesia, las alimentaba con pan y maíz, decía: “Compren migajas de pan o granitos de maíz para nutrirlas.” Carolina, una señora que frecuenta la Plaza de San Francisco, le compró a la señora migajas de pan para que sus hijos alimenten a las palomas. 

Ella comentó que a “sus guaguas” les gusta venir a la plaza para alimentar a las palomas y, en ocasiones correr por la plaza y sentir a las palomas pasar por su cuerpo. Al momento de entrar a la iglesia se puede admirar todas las pinturas y figuras impregnadas en las paredes. El color que predomina definitivamente es el dorado, denominado “pan de oro”. Una voz fuerte que decía: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” llamó la atención de los turistas que entraron, había ya empezado la misa y ellos se acercaron de forma discreta para no interrumpir, puesto que querían fotografiar y observar cada detalle y elemento a profundidad.




Los turistas podían apreciar cuadros pintados, personajes católicos enmarcados en arcos dentro de la capilla, siendo éstos el enfoque principal. La iglesia parece ser un laberinto sin acabar que, en cuanto uno se da la vuelta, encuentra diferentes particularidades que representan cada memoria y trayectoria de Quito.

Al salir de la iglesia, hay un museo en donde se puede encontrar diferentes adornos para el hogar y pequeñas historietas que hablan sobre la historia de Francisco Cantuña y del largo trayecto de la iglesia.

Debajo de la iglesia hay unas pequeñas tiendas y restaurantes que son visitados por los turistas después de explorar la iglesia. Allí, pueden degustar y conocer la cultura gastronómica   del       Ecuador, acompañada de bebidas típicas como son: el vino hervido, el morocho, la colada morada y el famoso canelazo.

A pesar que el clima estaba nublado, había gran afluencia de personas que anhelaron pasar su mañana del día sábado sentados en el graderío de la Plaza disfrutando de un buen cevichocho, visitando tiendas o simplemente tomando un café caliente en el restaurante Tianguez, que se encuentra junto al lado derecho de la  iglesia.

Este restaurante ofrece comida típica a los visitantes y un rato agradable en familia. Abel, mesero del bar- restaurante, comentaba a los turistas ,en inglés, mientras se servían un vino hervido, en esa mañana fría de Quito, datos históricos sobre la antigua plaza.


Abel, comentó que la Plaza de San Francisco en sus primeros años era una plaza donde las personas realizaban trueques con animales. Les recomendó asistir a los turistas al museo para recibir mayor información acerca de las memorias de San Francisco de Quito. Una de ellas es que debajo de la tienda, que está al lado del museo de la iglesia, están las catacumbas, un espacio subterráneo en el que se encuentran personajes históricos enterrados desde hace muchos años atrás. Esto, es un símbolo de honor y solamente está abierto al público en el día de los muertos, es decir, el dos de noviembre de cada año.




Finalmente, los turistas se despiden de la iglesia llenos de nuevos aprendizajes e historias sobre la cultura quiteña que marca y representa todos los ciudadanos que habitan en la capital. ¿Qué sería de Quito sin sus palomas en la Plaza de San Francisco?, ¿qué sería de ellas si no están los ancianos que las alimentan?, ¿qué sería de esta Plaza sin sus turistas que llenan los graderíos y toman un sinnúmero de fotografías? ¿qué sucedería sin el padre que da la misa y los fieles que acuden a ella?. Sin duda, no existiría una historia para contar.


Ha funcionado como mercado popular, espacio de concentraciones militares y políticas, y como lugar de encuentro y recreación sociales. Se debe mencionar además un elemento arquitectónico destacado: la magnífica escalera cóncavo-convexa que comunica la plaza con el atrio, en el que resalta la bella fachada manierista - barroca del templo mayor, origen de distintas soluciones de arquitectura americanas y cuyo diseño se inspira en uno de Bramante según uno​ y de Bernini según otros.







El Panecillo

El Panecillo es un tradicional montículo precolonial, convertido en un mirador natural de la ciudad ahora adornado por el monumento a la Virgen de Quito esculpida por Bernardo de Legarda en los 70s, que es el principal punto de observación de la ciudad.
La estatua tiene 31.50 m de altura, es considerada la más grande del Ecuador construida en aluminio y está compuesta de más de 7000 piezas.
Para subir hasta el mirador a pie, puede utilizar una de las vías más importantes que parte desde la calle García Moreno; si el ascenso lo hace en un vehículo, puede avanzar utilizando la avenida Melchor Aymerich, que es la única vía que lo comunica con la cúpula.
En 1976, el artista español Agustín de la Herrán Matorras realizó en aluminio el monumento a la Virgen María que se encuentra en la cúspide del cerro. Está compuesto por siete mil piezas y es considerado como la mayor representación de aluminio del Ecuador.
El pequeño montículo que se encuentra enclavado en la ciudad de Quito recibió este nombre de los conquistadores españoles, pero parece que su nombre auténtico en quichua es "Shungoloma" que significa "Loma del Corazón".
Es una referencia para los quiteños porque marca la división entre el sur y el centro de la ciudad; aún mantiene el legado de la época incaica porque allí se encuentra la Olla del Panecillo, una especie de cisterna circular de ocho metros de profundidad que fue utilizado para el riego de sembríos.




En la parte inferior del monumento a la Virgen, se puede apreciar el portal de la Olla que abre la plazoleta de acceso al mirador y que forma parte del sendero que utilizan los visitantes para apreciar la ciudad y sus alrededores.
La Virgen del Panecillo: En la cima, dominando la ciudad se levanta la moderna estatua de la Virgen de Quito, obra del escultor español Agustín de la Herrán Matorras quien tomó como modelo la imagen de la Virgen alada que se encuentra en el templo de San Francisco, obra de Legarda, escultor de la época colonial.
La Olla del Panecillo: Cerca de la cima puede observarse la llamada "olla del Panecillo" que no es sino una cisterna para recolección de agua construida por los españoles.
El Mirador: Desde el mirador de Panecillo se aprecia el inmenso contraste entre la ciudad vieja y la ciudad moderna. Lo único que no ha cambiado con el pasar del tiempo es el cielo, que siempre será de un azul transparente, es decir un azul quiteño.
Origen del nombre Panecillo
Se dice que el Panecillo se llama así porque a los primeros españoles les pareció que aquel cerro tan redondo y armonioso, que se levantaba en el corazón de Quito, era igual que un pan, un panecillo de miga blanca y apretada, de esos que los panaderos de Sevilla o Andalucía horneaban para luego inundar las calles con su olor irresistible.
Muertos de nostalgia, los españoles bautizaron el pequeño cerro como El Panecillo, en una tierra en que no se conocía el pan que ellos añoraban, pues aún no había trigo, seguían extrañando esos panecillos calientes, acompañados de vino tinto, que años más tarde el gran Velásquez se encargaría de pintar en un lienzo donde un niño parte, desde hace siglos, un sabroso pedazo de pan.
En el libro Leyendas del Ecuador, de Edgar Allan García se cuenta una interesante leyenda la cual se narra a continuación:

Antes de que llegaran los españoles, este sitio era conocido como Yavirac, y ahí, sobre su cima, los indígenas anteriores a los incas, y más tarde los incas que invadieron estas tierras, festejaban el Inti Raymi, la gran fiesta del Sol. Así, el 21 de junio de cada año, los indígenas de distintas regiones se reunían en el Yavirac para cantar, bailar, beber y alabar, en una ronda de alegría, al altísimo señor del cielo que moría cada tarde y renacía cada mañana, al generoso Inti.




Pues bien, según la leyenda Atahualpa (que en realidad se llamaba Atabalipa) había mandado construir en la cima del Yavirac un templo de oro puro. Motivo por el cual luego de que los españoles mataron al Inca Atahualpa (que en ese entonces tenía 33 años), marcharon a toda prisa hacia Quito con ansias de repartirse el Templo de Oro que estaba en la cima del Yavirac.
Los españoles que sudorosos y cansados subieron a la cima del Yavirac se encontraron con que no había ni una sola pepita de oro sobre la tierra seca, el Templo del Sol había desaparecido como por arte de magia. Pero lo que no sabían, ni supieron nunca que dentro del Yavirac, en el corazón del cerro, entrando por caminos secretos llenos de arañas ponzoñosas y alacranes gigantescos y desfiladeros llenos de trampas mortales, se encuentra el Templo del Sol, cuidado por cientos de doncellas hermosas que no envejecen nunca y por una anciana sabia quién presuntamente es la mismísima madre de Atahualpa.
Además, la leyenda dice que: si logras encontrar la entrada, y luego de salvarte de los peligros que te esperan, llegas por fin a la morada de la anciana, tienes que pensar muy bien en lo que dices y haces. Si la anciana te pregunta mirándote fijamente a los ojos ¿qué buscas en esos recintos sagrados?, tienes que decir que eres pobre, que has ido a dar ahí por accidente, que sólo buscas la salida y que juras nunca revelar la entrada secreta a aquel templo.
La anciana entonces se levantará de su trono de oro macizo; te hará escoger entre una enorme piedra de oro, más un puñado de perlas, rubíes y esmeraldas que están sobre una mesa, y una tortilla de maíz, una mazorca de choclo tierno y un pocillo con mote jugoso que están sobre otra mesa. Piénsalo bien, pues si escoges la primera mesa, es probable que al salir te encuentres con que en vez de riquezas sólo llevas un pedazo de ladrillo y unas cuantas piedras comunes en las manos.

Y es probable también que, si escoges los alimentos que se encuentran sobe la segunda mesa, la tortilla se convierta de pronto en un enorme pedazo de oro sólido, el choclo tierno en numerosas pepitas de plata y el pocillo con mote en gran cantidad de perlas brillantes. Escoge bien, porque es probable que suceda también al revés, y que una vez afuera ya no haya forma de volver atrás.





El Panecillo es una elevación natural de 3.000 metros sobre el nivel del mar, fue bautizada con este nombre por su parecido con un pequeño pan; está enclavada en el corazón mismo de la ciudad de Quito. Es uno de los sitios más visitados de la ciudad. Por su ubicación se ha convertido en el más importante mirador natural de la ciudad, desde el que se puede apreciar la disposición urbana de la capital, desde su centro histórico y hacia los extremos norte y sur.
El lugar recibió su nombre de los conquistadores españoles, pues antes era llamado por los aborígenes como “Shungoloma” que en quichua significa “loma del corazón”. En la época pre incaica, en este sitio existió un templo de adoración al sol, llamado “Yavirac”, el cual fue destruido por Rumiñahui mientras resistía con sus tropas al avance español.
Como vestigio de la época incaica en este sector encontramos “la Olla del Panecillo”, que es una especie de cisterna circular de ocho metros de profundidad que se llenaba de agua lluvia que era utilizada para el riego de los sembríos del lugar. En tiempos de la colonia el agua que aquí se recolectaba servía para el riego de los jardines de la mansión de Bellavista y luego fue utilizado como sitio de defensa de las tropas coloniales durante la batalla libertaria del Pichincha, el 24 de Mayo de 1822.
Durante toda la época colonial el Panecillo marcó el fin de la ciudad por el extremo sur, y por ello los viajeros que llegaban desde ciudades como Ambato, Guayaquil, Latacunga, Lima o Cuenca sabían, al divisarlo, que su llegada a Quito era cuestión de un par de horas nada más. El cerro tenía una parte boscosa, en especial en el costado sur.

El Panecillo está coronado actualmente por una escultura gigante de aluminio de la «Virgen de Quito», creada en 1975 por el español Agustín de la Herrán Matorras, el cual se basó en la Virgen de Legarda o Apocalíptica; obra del siglo XVIII de Bernardo de Legarda, uno de los más importantes representantes de la Escuela quiteña, la cual la podemos ver en el altar mayor de la Iglesia de San Francisco.



La Majestuosa Virgen de Quito, está compuesta por siete mil cuatrocientas piezas, numeradas cada una de ellas, por lo cual se la pudo unir como un rompecabezas; esta es la mayor representación de aluminio en todo el mundo y ocupa el lugar 58 entre las imágenes más altas del mundo, es incluso más alta que la imagen de El Cristo Redentor de Brasil.
El 4 de noviembre de 1955, se da el permiso para realizar los cimientos o base del monumento, se ve la base, la misma que tiene una altura de once metros, está hecha de piedra y cemento armado, conformada de 18 columna que representan a las provincias que hasta ese año tenía el Ecuador.
El Padre Rigoberto Correa es el ejecutor de la obra. Ésta fue inaugurada el 28 de marzo de 1975 con una misa campal a la que asistieron 1500 personas que subieron en peregrinación desde la Basílica del Voto Nacional (era una pre inauguración, pues todavía faltaban ensamblar las alas).
En el mes de septiembre de 1975, se acaban de colocar las alas. El material en el que está hecho el monumento es el "peraluman 3" que es una aleación de platino el aluminio, estaño y otros metales, estas piezas están soldadas con pequeñas piezas de platino y ajustadas con pernos.
La escultura representa a la Virgen María tal como se la describe en el libro bíblico del Apocalipsis: una mujer con alas, una cadena que apresa a la serpiente que tiene bajo sus pies y que representa a la bestia. Es por ello que además de los nombres de Virgen de Quito ó Virgen de Legarda (por el escultor de la obra original), esta estatua también es llamada Virgen del Apocalipsis.